Cada año, en la Vigilia Pascual, hay un momento en el que la iglesia queda a oscuras.
Y entonces se enciende una luz.
No una luz cualquiera. Una llama pequeña, casi silenciosa, que entra poco a poco en la iglesia y empieza a iluminarlo todo. Es el Cirio Pascual, una luz que representa al mismo Cristo Resucitado.
En la Parroquia Santa Teresa de Jesús, esa luz pasa por las manos de Almudena.
Desde hace años, ella decora el Cirio Pascual que encendemos cada Sábado Santo. Lo prepara durante la Cuaresma, en silencio y con cuidado, sabiendo que aquello que está pintando no es sólo una pieza decorativa. Es una luz que todavía no arde, pero que empieza a prepararse.
“Decorar el Cirio Pascual cada año es una misión preciosa”, cuenta Almudena. “Me ayuda a prepararme durante la Cuaresma para vivir los misterios de la Semana Santa, pues ese cirio que representa a Cristo Resucitado será encendido y bendecido la noche de la Vigilia Pascual en mi parroquia, donde está mi comunidad eclesial, para ser luz de Cristo que ilumine nuestras vidas”.

Una luz de cera, comunidad y fe
El nombre del cirio viene de la cera, cereus en latín. Pero la cera no es solo el material que sostiene la llama. También forma parte del signo.
Por eso, tradicionalmente, el Cirio Pascual se hace con cera natural de abeja. En la mirada de los primeros cristianos, la abeja hablaba de pureza y de vida entregada. Y Benedicto XVI veía en ese trabajo común, paciente y silencioso, una imagen de la Iglesia: una comunidad que existe para que la luz de Cristo pueda iluminar el mundo.
Así, el Cirio Pascual habla de Cristo, pero también habla de nosotros. De una Iglesia que no se reúne alrededor de una idea abstracta, sino alrededor de una presencia viva.
“La mecha, pequeña y frágil, representa la humanidad de Jesús, que se consume para darnos vida”, explica Almudena. La llama, intangible y luminosa, representa su divinidad. No se puede tocar, no se puede poseer, pero transforma todo lo que ilumina.
Quizá por eso el cirio conmueve tanto.
Porque no grita.
Simplemente arde.
Los signos que sostienen la luz
En el Cirio Pascual aparecen distintos símbolos que nos ayudan a vivir el misterio de la Pascua. No están ahí solo para decorar: cada uno nos recuerda algo de Cristo y de la vida nueva que celebramos.
La cruz recuerda el camino hacia la Resurrección. Los cinco clavos, hechos con granos de incienso, simbolizan las cinco llagas de Cristo, aquellas que mostró a sus discípulos después de resucitar. El incienso, además, nos habla de la divinidad y del “buen olor de Cristo”.
También aparecen las letras A y Ω, la primera y la última del alfabeto griego. Cristo es el principio y el fin. Todo lo que existe, ha existido y existirá está contenido en Él.
Alrededor de la cruz se inscribe el año en curso. No como un simple dato, sino como una afirmación: Cristo Resucitado no pertenece sólo al pasado. La Pascua no es el recuerdo de algo que ocurrió hace mucho tiempo. Es un memorial vivo.
Es Cristo entrando también en este año concreto, en nuestra historia concreta, en nuestro 2026, con sus cansancios, sus preguntas, sus miedos y sus esperanzas.
Pedro sobre las aguas: el diseño de este año
Este año, Almudena ha pintado a Pedro en el agua.
Pensando en la posible visita del Papa León XIV a España en 2026, Almudena volvió la mirada hacia Pedro en el Evangelio. Y allí encontró una de esas escenas que parecen contener una vida entera.

Los discípulos llevan horas remando. Es de noche. El mar está revuelto, el viento les viene de frente y la barca avanza con dificultad, golpeada por las olas. Están cansados, lejos de la orilla, rodeados de oscuridad.
Y entonces, antes del amanecer, Jesús viene hacia ellos caminando sobre las aguas.
No lo reconocen. Creen ver un fantasma y tienen miedo. Pero Él les habla en medio del viento:
“Soy yo, no tengáis miedo”.
Pedro, con esa fe suya tan encendida y tan humana, le responde: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”.
Y Jesús le dice:
“Ven”.
Entonces Pedro baja de la barca.
Por un momento, camina sobre aquello que debería hundirlo. Camina hacia Cristo. Pero siente la fuerza del viento, aparta la mirada, y el miedo entra donde antes había confianza.
Empieza a hundirse.
Y grita:
“Señor, sálvame”.
Sin dudarlo, Jesús extiende la mano y lo sostiene.
Lo levanta de las aguas, y suben juntos a la barca.
Solo entonces el viento se calma.
Hay algo profundamente humano en esa escena. La fe que avanza y, de pronto, se tambalea. El deseo de confiar y el miedo que nos tira hacia abajo. La mirada puesta en Cristo y, al mismo tiempo, la fuerza del viento robándonos la atención.
No es una imagen de una fe perfecta. Es una imagen de una fe viva.
Una fe que a veces camina, a veces duda, a veces se hunde, pero todavía sabe gritar: “Señor, sálvame”.
Y quizá por eso es tan pascual. Porque Cristo no espera a que Pedro sea impecable para tenderle la mano. No espera a nada. La tiende.

Una tradición que se recibe
Almudena explica que cada año la inspiración es distinta. A veces nace de un pasaje del Evangelio, como el Bautismo del Señor, que pintó en 2022 con motivo de la nueva imagen de San Juan Bautista, patrón de Tres Cantos. Otros años, el padre Luis le ha sugerido misterios como la Transfiguración o la Trinidad.
También ha representado símbolos tradicionales de Cristo, como el Agnus Dei, el pelícano eucarístico o el Pantocrátor.
Pero hay algo que tiene claro: “Yo no me invento nada”.
Su trabajo parte siempre de la iconografía cristiana con tradición eclesial: iconos bizantinos o coptos, pinturas murales, vidrieras, símbolos antiguos. Después llega el reto de adaptar todo eso a un formato muy especial: alargado, cilíndrico, pensado no para quedarse quieto en una pared, sino para arder en medio de la comunidad.
Primero hace un dibujo preparatorio. Después prepara la superficie del cirio para que la pintura se adhiera bien. Pasa el dibujo a lápiz sobre la base blanca y lo delinea con pincel y pintura oscura. Luego trabaja con acrílicos, capa a capa, alternando transparencias y zonas más opacas, hasta dar forma y color a la imagen. Por último, lo barniza.
Es un proceso delicado, paciente, casi de artesanía orante.
Y empezó de una forma muy sencilla.
En 2013, el padre Mauricio, entonces párroco de Santa Teresa, le pidió que pintara la cruz, el Alfa, la Omega y el año. Almudena nunca había pintado sobre cera y le daba mucho respeto estropearlo, precisamente por lo que representa. Así que hizo algo sencillo, ayudándose de plantillas. Al año siguiente se atrevió con una imagen del Pantocrátor.
Desde entonces, cada año ha sido un nuevo reto.
Una luz para mirar de otra manera
El Cirio Pascual permanece encendido desde la Vigilia Pascual hasta Pentecostés. Durante ese tiempo, acompaña a la Iglesia en la alegría de la Resurrección.
Después, se vuelve a encender en dos momentos muy concretos de la vida cristiana. En el bautismo, cuando recibimos la luz del cirio y se nos invita a caminar siempre como hijos de la luz. Y en las exequias, cuando esa misma luz vuelve a brillar junto a nosotros, pidiendo que Cristo ilumine nuestras tinieblas y alumbre nuestro camino de esperanza hasta el encuentro definitivo con Él.
El Cirio Pascual está ahí cuando entramos en la iglesia, cuando llegamos con prisa, cuando venimos cansados, cuando rezamos mejor y cuando apenas sabemos qué decir.


A veces lo miramos. A veces pasamos junto a él casi sin darnos cuenta. Pero sigue ahí: ardiendo en silencio, recordándonos lo esencial: que Cristo vive; que ninguna noche es más fuerte que esa luz; que incluso cuando el viento es fuerte, cuando avanzamos con dificultad, cuando nos hundimos un poco, o bastante, hay una mano que se tiende.
Almudena lo resume con sencillez cuando se le pregunta qué le gustaría que se llevara quien mire este cirio durante la Pascua: “Lo más importante es que nos mueva a la adoración de Cristo, que vive hoy y es Nuestro Salvador”.
Quizá ese sea el corazón de todo.
La belleza del cirio no termina en sí misma. No busca que nos quedemos en la pintura, ni en el color, ni en el detalle. Nos señala a Cristo.
Al que vive hoy.
Al que entra también en nuestras noches pequeñas y concretas.
Al que sigue diciendo, todavía: “No tengáis miedo”.