La Asunción es una de esas solemnidades cuyo nombre nos resulta familiar. Sabemos que tiene que ver con María, que se celebra el 15 de agosto y que es día de precepto. Pero quizá no sea tan fácil explicar qué celebramos exactamente, o por qué importa que María fuera llevada al cielo en cuerpo y alma.
Al terminar su vida terrena, María fue asunta por Dios a la gloria del cielo. Así lo definió solemnemente Pío XII: la Inmaculada Madre de Dios, "...terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial" (Munificentissimus Deus, 44; cf. CEC 966).
María no ascendió por su propio poder, como Jesús, sino que fue Dios quien la llevó junto a Él. Y la llevó entera.
Ese «en cuerpo y alma» puede pasar casi desapercibido, pero está en el centro de la solemnidad.
Con frecuencia imaginamos el cielo como el lugar al que van las almas cuando el cuerpo deja de servir. Sin embargo, eso no es exactamente lo que dice nuestra fe. En Jesús, Dios se hizo hombre: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Tuvo un cuerpo que sintió hambre, cansancio y dolor; un cuerpo que murió y que después resucitó.
Y nosotros no esperamos deshacernos para siempre del nuestro. Cada domingo profesamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. San Pablo escribe que Cristo "transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso" (Flp 3,21).
La Asunción de María nos permite contemplar esa esperanza ya realizada en alguien plenamente humano.
También nos habla de la relación inseparable entre María y su Hijo. Todo lo que celebramos en ella nace de Cristo y conduce de nuevo a Él. María recibió al Hijo de Dios, lo llevó en su seno, lo dio a luz y lo acompañó a lo largo de su vida. Permaneció junto a Él al pie de la cruz y después la encontramos con la Iglesia naciente, perseverando en la oración a la espera del Espíritu Santo.
En la Asunción, esa unión alcanza su plenitud. María participa de un modo singular en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. No ocupa su lugar ni añade nada a la salvación realizada por Él. Todo en María procede de la gracia de su Hijo.
Pero María no aparece aquí solo como una figura excepcional a la que contemplamos desde lejos. Es también imagen de la Iglesia. El Concilio Vaticano II la presenta como "señal de esperanza cierta y de consuelo" para el Pueblo de Dios que todavía camina, e "imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura" (Lumen gentium, 68).
Por eso la Asunción no es únicamente el final de la vida terrena de María. Es también una anticipación de aquello hacia lo que camina toda la Iglesia. En ella contemplamos ya lo que esperamos para nosotros: la vida humana llevada por Dios a su plenitud.
El cuerpo de María no fue un detalle secundario en su historia. En él llevó a Jesús. Con sus brazos lo sostuvo y con sus manos lo cuidó. Conoció el esfuerzo de la vida cotidiana y también el dolor de permanecer al pie de la cruz. Su cuerpo, como el nuestro, formaba parte de todo lo que amaba, de todo lo que había vivido y de todo lo que era.
Por eso resulta tan significativo que María no llegara al cielo dejando atrás una parte de sí misma. Dios la recibió entera.
Nos cuesta pensar en nuestro cuerpo de esa manera. A veces lo tratamos como una herramienta que debe funcionar, como una fuente de limitaciones o incluso como algo que tenemos que corregir constantemente. Envejece, enferma, se cansa y conserva huellas que quizá preferiríamos borrar. Pero también nos permite abrazar, trabajar, cuidar, reconocer una voz, sentarnos a la mesa con otros y estar presentes en su dolor.
No tenemos simplemente un cuerpo. Somos también nuestro cuerpo.
La fe cristiana toma tan en serio nuestra condición corporal que espera su resurrección. La Asunción no significa que María se librara de todo lo humano para poder llegar hasta Dios. Significa precisamente lo contrario: que su humanidad fue llevada a su plenitud junto a Él.
No sabemos cómo será la resurrección. San Pablo intenta aproximarse a ese misterio hablando de un cuerpo que, sembrado corruptible y débil, resucitará incorruptible y lleno de fortaleza (cf. 1 Co 15,42-44). Nuestro lenguaje apenas alcanza para hablar de esa realidad.
Pero el 15 de agosto celebramos que nuestra vida no termina en el abandono definitivo del cuerpo ni en la pérdida de nuestra historia. El mismo Dios que nos creó a su imagen y que en Cristo asumió nuestra carne quiere salvarnos enteros.
En María, Dios nos muestra que no hay nada verdaderamente humano que le resulte indiferente.
Ella ya está, en cuerpo y alma, junto a su Hijo.
Nosotros seguimos de camino.