En Jerusalén, los acontecimientos que escuchamos cada Semana Santa dejan de ser únicamente nombres. Betfagé. El Monte de los Olivos. Getsemaní. El Cenáculo. La Vía Dolorosa. El Calvario. El Sepulcro.
De pronto uno descubre que esos lugares están relacionados entre sí por caminos, pendientes y distancias que se pueden recorrer a pie.
La Pasión ocurrió en una ciudad real.
En medio del ruido .En mitad de la vida.
Nuestra llegada a Jerusalén comenzó en Betfagé, recordando la entrada de Jesús en la Ciudad Santa entre ramos y aclamaciones. Desde allí subimos al Monte de los Olivos.
Jerusalén aparece enfrente.
La ciudad que Jesús conoció no es exactamente la que hoy vemos, pero la geografía permanece. Y mirar hacia ella permite comprender de otro modo uno de los episodios más conmovedores del Evangelio.
Dominus flevit."El Señor lloró".
Jesús contempló Jerusalén y lloró por ella (cf. Lc 19,41-44).
A veces podemos acostumbrarnos tanto a hablar de la divinidad de Cristo que olvidamos la radicalidad de lo que significa la Encarnación: Jesús no representa el dolor humano. Lo siente. Ama. Tiene miedo. Llora.
Y al descender del monte llegamos a Getsemaní.
El Huerto de los Olivos sitúa al peregrino ante uno de los momentos más humanos de la vida de Jesús. Cristo sabe lo que se acerca. Y siente angustia.
Los Evangelios no esconden su miedo. Tampoco convierten su obediencia en indiferencia ante el sufrimiento.
Precisamente por eso su oración resulta tan radical:"No se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc 22,42).
El Catecismo contempla precisamente en Getsemaní cómo la voluntad humana de Jesús se adhiere libremente a la voluntad del Padre incluso ante la muerte (cf. CEC 612).
La confianza cristiana no consiste siempre en no tener miedo.A veces consiste en pronunciar esas palabras teniéndolo.
Muy cerca visitamos también el lugar venerado tradicionalmente como la tumba de la Virgen María, manteniendo presente durante el recorrido a aquella que acompañó a Jesús desde Nazaret hasta la Cruz.
El camino que había comenzado con un "sí" vuelve a encontrarse aquí con el misterio de la entrega.
Desde la iglesia de la Flagelación comenzamos la Vía Dolorosa.
Quizá uno imagine alguna vez que recorrer el camino de la Cruz será una experiencia silenciosa y recogida. No necesariamente. Hay comercios abiertos. Vecinos. Otros peregrinos. Conversaciones. Ruido. Personas que cruzan mientras se reza el Vía Crucis.
Y, precisamente por eso, la experiencia resulta extraordinariamente reveladora.
Porque la Pasión tampoco ocurrió en un escenario preparado para ella. Jesús cargó con la cruz mientras alrededor continuaba la vida de una ciudad (cf. Jn 19,17).
Había gente ocupada en otras cosas. Personas que miraban. Personas que no miraban. Personas que quizá ni siquiera sabían quién era aquel condenado. La Cruz ocurrió en mitad del mundo.Como ocurre tantas veces el sufrimiento.
La Vía Dolorosa termina en la Basílica del Santo Sepulcro. Allí todo converge. La Encarnación contemplada en Nazaret, el nacimiento celebrado en Belén, la predicación en Galilea, los milagros, las amistades, las discusiones, la llamada de los discípulos y la subida a Jerusalén conducen hasta el Calvario.
Pero el camino cristiano no termina en la Cruz.
A pocos metros está el sepulcro. Y está vacío. "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado" (Lc 24,5-6).
Calvario y Resurrección, separados tantas veces en nuestra imaginación por días litúrgicos y páginas del Evangelio, están allí físicamente muy cerca el uno del otro.
Participar en la procesión dentro de la basílica, vivir momentos de adoración ante el Santísimo y presenciar el tradicional rito de cierre del Santo Sepulcro nos permitió permanecer un poco más ante el lugar que custodia el centro de nuestra fe.
El Catecismo llama a la Resurrección de Jesús "la verdad culminante de nuestra fe en Cristo", creída y vivida como verdad central desde la primera comunidad cristiana (CEC 638).
Porque el cristianismo no nace únicamente de las enseñanzas de un maestro admirable. Nace de un anuncio.Una afirmación que los primeros discípulos comenzaron a repetir precisamente en Jerusalén y que la Iglesia continúa proclamando dos mil años después:
Cristo ha resucitado.