Una peregrinación puede medirse en kilómetros, ciudades, fotografías o iglesias visitadas.
Pero quizá lo más importante no sea cuánto se ha visto. Sino cómo se vuelve.
Después de Nazaret, Galilea, Belén y Jerusalén, nuestro recorrido continuó por lugares que poco a poco cambiaban la pregunta.
Ya no se trataba solamente de contemplar dónde había ocurrido el Evangelio. Se trataba de descubrir qué tenía que ver esa historia con nosotros. Porque llega un momento en que el Evangelio deja de preguntarnos únicamente qué ocurrió.
Y empieza a preguntarnos qué hacemos nosotros con ello.
En Jerusalén visitamos el Cenáculo, vinculado a la Última Cena, a la institución de la Eucaristía (cf. Lc 22,14-20) y a Pentecostés (cf. Hch 2,1-4).
Muy cerca, San Pedro in Gallicantu recuerda uno de los momentos más dolorosos de la vida del apóstol: "Antes de que cante el gallo me negarás tres veces" (Mt 26,34).
Pedro había prometido permanecer.Y huyó.Había asegurado que nunca abandonaría a Jesús.
Y lo negó. Sin embargo, su historia no termina allí.
El mismo hombre que tuvo miedo será aquel a quien Cristo preguntará después, junto al mar de Galilea: "¿Me amas?" (Jn 21,15-17). Y el mismo Pedro que negó conocerlo recibirá la misión de cuidar de su Iglesia.
El Evangelio no convierte la fragilidad humana en algo irrelevante. Pero tampoco permite que tenga la última palabra.
Y para quien peregrina, Pedro deja de ser solamente un personaje del Evangelio. Su pregunta empieza a ser también la nuestra: ¿Qué hacemos después de fallar?
En Betania recordamos la amistad de Jesús con Marta, María y Lázaro.Es significativo que los Evangelios nos permitan ver a Cristo también así: teniendo amigos. Visitando una casa conocida. Compartiendo afectos humanos.
Y es precisamente allí donde ocurre uno de los grandes signos que preceden a la Pasión."Lázaro, sal fuera" (Jn 11,43).
Antes de llamar a su amigo fuera de la tumba, Jesús llora (Jn 11,35).
Otra vez aparece esa humanidad que hemos ido encontrando durante todo el camino. El mismo Cristo que afirma "Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11,25) se conmueve ante una tumba.
La esperanza cristiana no exige fingir que la muerte no duele. Afirma algo mucho más audaz: que la muerte no vencerá.
También aquí el Evangelio deja de ser únicamente recuerdo. Nos obliga a preguntarnos dónde necesitamos escuchar nosotros ese "sal fuera".
El camino hacia Jericó nos llevó hasta otro personaje del Evangelio.
Zaqueo quería ver a Jesús.
Como era pequeño de estatura y no conseguía hacerlo entre la multitud, se subió a un sicómoro. Es una escena casi simpática hasta que ocurre algo inesperado.Zaqueo cree que está buscando a Jesús. Pero Jesús levanta la mirada y lo llama: "Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa" (Lc 19,5).
Quizá toda peregrinación tenga algo de eso. Creemos haber recorrido cientos o miles de kilómetros para buscar a Dios.
Y podemos terminar descubriendo que era Él quien llevaba tiempo buscándonos.
Desde Jericó nos acercamos también al Monte de las Tentaciones. El paisaje ayuda a comprender el relato. El desierto es inmenso, árido, silencioso.
Allí recordamos los cuarenta días de Jesús y las tentaciones que precedieron al comienzo de su vida pública (cf. Mt 4,1-11).
Poder. Prestigio. Autosuficiencia. Tentaciones antiguas que siguen siendo extraordinariamente actuales.
Frente a ellas, Cristo elige permanecer fiel al Padre. No todo lugar santo ofrece consuelo.
Algunos nos ponen delante preguntas que preferiríamos evitar.
¿Qué buscamos?¿En qué confiamos?¿Quién queremos ser cuando nadie nos mira?
Poco a poco, la peregrinación deja de consistir en reconocer lugares. Empieza a consistir en reconocernos a nosotros mismos.
Nuestro camino llegó también hasta el río Jordán, lugar asociado al bautismo de Jesús por Juan (cf. Mt 3,13-17).
Allí renovamos nuestras promesas bautismales. Y quizá ese fue uno de los momentos en los que la peregrinación dejó más claramente de pertenecer únicamente al pasado.
El Jordán no habla solamente del bautismo de Cristo. Nos devuelve al nuestro. A una historia que comenzó para cada cristiano en otro lugar, probablemente muchos años antes, cuando también sobre nosotros se derramó agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El Bautismo no es simplemente el recuerdo de aquel momento. Nos hace, en palabras del Catecismo, "una nueva criatura", hijos adoptivos de Dios y miembros de Cristo (cf. CEC 1265).
La geografía del Evangelio termina encontrándose así con nuestra propia geografía. Nuestra parroquia. Nuestra casa. Nuestra vida.
Tierra Santa tiene algo difícil de explicar hasta que se vive. Después de caminar por aquellos lugares, los nombres dejan de ser únicamente nombres. Nazaret tiene calles. Galilea tiene un horizonte. El Jordán tiene agua. El desierto de Judea tiene silencio.
Desde el Monte de los Olivos se contempla realmente Jerusalén. Getsemaní está al pie de esa montaña. El Calvario y el Sepulcro están sorprendentemente cerca. La geografía ayuda a comprender la teología.
Pero ningún cristiano puede quedarse para siempre contemplando los lugares donde ocurrió el Evangelio. Los discípulos tampoco pudieron hacerlo.
Tuvieron que salir de Jerusalén. Tuvieron que regresar a sus casas, recorrer caminos, encontrarse con otras personas y llevar consigo lo que habían visto.También una peregrinación termina así. Hemos rezado, celebrado, navegado, caminado, guardado silencio y compartido muchos kilómetros.
Volvemos comprendiendo un poco mejor que el Evangelio no es únicamente una historia ocurrida hace dos mil años. Sigue interpelando personalmente a quien se acerca a ella.
Peregrinar a Tierra Santa significa viajar hasta las raíces de nuestra fe. Pero el verdadero camino no termina en Jerusalén.
Empieza cuando volvemos a casa.