En el Libro de la vida, Santa Teresa de Jesús cuenta que un día, al entrar en el oratorio, vio una imagen de Cristo herido. La habían llevado al convento para una celebración. Se detuvo ante ella, se arrodilló y pidió fuerzas para cambiar. Al recordar la escena, escribió que estaba "ya muy desconfiada de mí" y que había empezado a poner su confianza en Dios (Vida, 9,3).
La confesión merece atención. Quien escribe es la mujer que acabaría reformando el Carmelo y dejando algunas de las obras más importantes de la espiritualidad cristiana. Sin embargo, al explicar su relación con Dios, dedica páginas a sus vacilaciones, a las razones que encontraba para aplazar una decisión y a los años en que intentó conciliar deseos que tiraban de ella en direcciones distintas. Tiene una memoria bastante precisa de sus propias excusas.
Estamos acostumbrados a encontrar a Santa Teresa en frases breves: «Nada te turbe», «Sólo Dios basta». Son palabras suyas, pero aisladas pueden hacernos perder algo del camino que las sostiene. En sus libros hay enfermedades, afectos, conversaciones, dificultades para rezar y problemas prácticos. Hay también una escritora que se desvía del asunto, lo advierte y vuelve a él; que busca una comparación porque la anterior no le parece suficiente; que habla a sus lectoras con confianza y, cuando lo considera necesario, con una franqueza que deja poco margen para hacerse la distraída.
Acercarse a esa voz permite conocer mejor a la santa cuyo nombre lleva nuestra parroquia.
Santa Teresa nació en Ávila en 1515. Ingresó en el monasterio de la Encarnación y conoció una vida religiosa que, en su relato, dista mucho de aparecer como una sucesión tranquila de certezas. Su salud fue frágil y su aprendizaje de la oración, largo.
En el Libro de la vida explica que llegó a abandonar la oración mental durante una temporada. Se consideraba indigna de mantener un trato tan cercano con Dios mientras su conducta no respondiera a lo que entendía que Él le pedía. Vista desde fuera, la razón puede parecer respetuosa. Ella acabaría reconociendo el error: se había apartado precisamente de la amistad que necesitaba para cambiar (Vida, 7–8).
La observación sigue siendo útil. Podemos aplazar la oración hasta encontrarnos más serenos, más dispuestos o menos avergonzados de nuestras contradicciones. A veces esa espera contiene un deseo sincero de hacerlo bien; otras, una manera de evitar el encuentro. Santa Teresa había probado ambas cosas y escribía con el conocimiento de quien ha pasado por allí.
Su definición de oración nace de esa experiencia
"Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida, 8,5).
El Catecismo recoge estas palabras al explicar la oración contemplativa (CEC 2709). En ellas, Santa Teresa reúne la confianza de saberse amado y la necesidad de dedicar tiempo a la relación. La amistad admite días difíciles, silencios y distracciones, pero necesita trato.
El Evangelio ofrece el fundamento de esa confianza cuando Jesús llama amigos a sus discípulos (Jn 15,15). Para Santa Teresa, esa amistad tiene un rostro concreto. La humanidad de Cristo ocupa el centro de su vida espiritual: vuelve a sus palabras, a su Pasión y a su presencia en la Eucaristía. Benedicto XVI destacó este rasgo al dedicarle una catequesis en 2011. Su enseñanza sobre la interioridad se entiende desde esa relación con Jesús.
Al comenzar Las Moradas, en 1577, Santa Teresa admite que no sabe bien cómo abordar lo que le han pedido escribir. Entonces encuentra una imagen: el alma como un castillo "todo de un diamante o muy claro cristal", con muchos aposentos (Moradas, I,1,1).
Antes de describir el recorrido por sus estancias, se detiene en una dificultad elemental: apenas nos conocemos. Le sorprende que prestemos tan poca atención a quiénes somos cuando hemos sido creados a imagen de Dios. El castillo expresa esa dignidad y esa capacidad de relación con Él.
San Pablo había escrito a los corintios que eran templo de Dios y que su Espíritu habitaba en ellos (1 Cor 3,16). Santa Teresa desarrolla las consecuencias de esa presencia mediante una imagen en la que caben el recogimiento, las resistencias y las distintas etapas de la vida de oración. Entrar requiere aprender a mirar, y ese aprendizaje afecta también a la idea que tenemos de nosotros mismos.
De ahí la importancia de la humildad, que define como «andar en verdad» (Moradas, VI,10,7). En el pasaje anterior pide que no queramos ser tenidos por mejores de lo que somos y que demos a Dios lo que es suyo. El conocimiento propio incluye reconocer nuestros límites y reconocer también que el bien recibido es un don.
En nuestra parroquia, esta obra tiene una referencia visible. El arquitecto Andrés Perea Ortega se inspiró en Las Moradas al proyectar el templo, con su exterior sobrio y su interior luminoso. Quien conoce el edificio dispone así de una imagen cercana para empezar a leer a Santa Teresa.
La relación entre el espacio y el libro forma parte de la historia de nuestra comunidad.
Hay un pasaje de Las Moradas que convendría leer junto a cualquier explicación de sus experiencias místicas. Santa Teresa describe a unas personas tan pendientes de conservar la devoción que sienten al rezar que casi no se atreven a moverse. Las observa con cierta impaciencia: creen haber encontrado lo esencial y están demasiado ocupadas en protegerlo.
"Obras quiere el Señor", les dice. Después pone un ejemplo: si una hermana está enferma y pueden aliviarla, deben hacerlo aunque pierdan aquel recogimiento. Añade otra prueba, menos evidente: alegrarse cuando se reconocen las virtudes de otra persona, incluso más que si los elogios fueran para una misma (Moradas, V,3,11).
La precisión de los ejemplos importa. Santa Teresa escribe para mujeres que comparten casa, tareas y horarios. Conoce las dificultades de esa convivencia y sabe que una experiencia de oración puede parecernos muy elevada mientras seguimos teniendo problemas con la alegría o las necesidades de quien vive al lado. El amor al prójimo le permite discernir qué está ocurriendo realmente.
En Las Fundaciones aborda también el desconsuelo de las religiosas que deben ocuparse de tareas exteriores cuando desearían estar a solas con Dios. Es ahí donde aparece la conocida expresión "entre los pucheros anda el Señor" (Fundaciones, 5,8). La cocina pertenece a la misma vida en la que rezan, obedecen y cuidan de las demás.
Siglos después, Benedicto XVI explica en Deus caritas est que el encuentro con Dios y el servicio al prójimo se alimentan mutuamente: la atención al otro hace más sensible nuestra relación con Dios, y el encuentro con Él renueva nuestra capacidad de amar (n. 18). Los ejemplos domésticos de Santa Teresa dan a esa enseñanza una concreción difícil de eludir.
Su obra merece un lugar en la vida de una parroquia por esa combinación de profundidad y conocimiento de las personas. Nos ayuda a entender la oración y a examinar la convivencia, con la autoridad de quien dedicó su vida a ambas.
El 15 de octubre celebramos su fiesta. Es una buena ocasión para abrir alguno de sus libros y leer más allá de las frases que ya conocemos. En el Libro de la vida encontraremos a Santa Teresa ante aquella imagen de Cristo, contando con toda franqueza cuánto le había costado llegar hasta allí.
Merece la pena darle tiempo para que lo cuente.