Si pensamos en un convento de clausura, seguramente nos imaginamos un edificio antiguo en el que las religiosas llevan siglos viviendo. Con Santa Ana y San José conviene empezar por otro sitio: por la plaza de Santa Ana, en pleno centro de Madrid. Allí estuvo una de sus casas. La plaza conserva el nombre, aunque el convento desapareció hace más de doscientos años.
Las carmelitas viven hoy en la calle General Aranaz. Entre aquella plaza y esta nueva dirección hay una historia mucho más movida de lo que podríamos suponer: desde su fundación en 1586 hasta el traslado de 1959, la comunidad pasó por ¡once casas distintas! Para conocerlas un poco mejor, desde la parroquia hemos hecho un recorrido... ven con nosotros:
Santa Teresa de Jesús quiso fundar un convento en Madrid. Lo intentó, pero entre los permisos y las condiciones económicas que le exigían, la fundación se fue retrasando. Murió en 1582 sin conseguirlo. La fundación llegó cuatro años después, de la mano de Ana de Jesús y con la ayuda de san Juan de la Cruz.
Ana de Jesús conoció a Santa Teresa y trabajó con ella. Para abrir la casa de Madrid llegaron religiosas de Granada, Malagón y Toledo. Empezaron en una vivienda de la Red de San Luis, y el 17 de septiembre de 1586 quedó inaugurada la comunidad.La casa recibió el nombre de Santa Ana. Con el tiempo pudieron ampliar y acondicionar el convento en el entorno de la plaza actual, gracias también a la ayuda de la reina Margarita de Austria. La inauguración de 1611 se celebró el día de San José. De ahí que hoy encontremos los dos nombres juntos.
Ana de Jesús siguió viajando para fundar comunidades en Francia y en los Países Bajos. Fue beatificada en Bruselas en septiembre de 2024. Es una de las dos beatas vinculadas a este convento. La otra es María Sagrario de San Luis Gonzaga, cuya historia empieza aquí más de tres siglos después.
En 1810, José Bonaparte mandó derribar el convento para abrir la plaza de Santa Ana. Hoy pasamos por allí, entre las terrazas y el Teatro Español, sin pensar demasiado de dónde viene su nombre. Pero saber de dónde viene cambia un poco la forma de mirarla.
Las hermanas se alojaron con las carmelitas de Santa Teresa, en la calle Barquillo. Después regresaron a una casa de la calle del Prado, propiedad del monasterio, e incluso construyeron un nuevo convento en un solar vecino. Pero en 1836, con la desamortización, tuvieron que salir otra vez.
Durante años las acogieron distintas comunidades: las carmelitas de Santa Teresa, las comendadoras de Santiago, las religiosas de Jesús Nazareno y las mercedarias de Góngora. Durante esas décadas, cuando necesitaron dónde vivir, otras religiosas les hicieron sitio en su casa.
En 1891 consiguieron instalarse en un convento propio en la calle Torrijos, la actual Conde de Peñalver. Allí entró en 1915 una mujer de treinta y cuatro años: Elvira Moragas, farmacéutica y responsable de la botica familiar.
Elvira Moragas se licenció en Farmacia en 1905 y se hizo cargo de la botica tras la muerte de sus padres. Al entrar en el Carmelo recibió el nombre de María Sagrario de San Luis Gonzaga. Durante un tiempo siguió dirigiendo la farmacia desde el convento, hasta que su hermano pudo hacerse cargo.
Entrar en el convento también supuso dejar resuelto quién atendería la farmacia. Su vocación se abrió paso entre esas responsabilidades, con un negocio familiar del que hacerse cargo. En la comunidad fue portera, maestra de novicias y priora. En julio de 1936 la eligieron de nuevo priora. Ante el peligro, dejó que cada hermana decidiera si quería marcharse con su familia.
El convento fue asaltado el 20 de julio. María Sagrario se refugió con la familia de una religiosa, pero fue detenida el 14 de agosto y fusilada en la pradera de San Isidro aquella noche. Juan Pablo II la beatificó en 1998. En la homilía recordó su negativa a delatar a sacerdotes y amigos de la comunidad. Sus restos descansan en la iglesia del convento de General Aranaz.
Después de la guerra, las religiosas intentaron reconstruir el convento de Conde de Peñalver. Finalmente, en 1959 se trasladaron a General Aranaz. Entre las mudanzas y las destrucciones perdieron buena parte de su patrimonio y de su archivo.Entre lo que consiguieron conservar hay un libro que merece la pena conocer: un manuscrito de los siglos XVI y XVII, estudiado por la investigadora Esther Borrego. Hay textos espirituales y poesía, pero también un diálogo jocoso y piezas para las fiestas del convento. Distintas mujeres fueron escribiendo o copiando sus páginas. Al leerlo podemos conocer sus lecturas, lo que escribieron y las fiestas que prepararon juntas.
En General Aranaz, las hermanas también se ocupan del trabajo de cada día. Las hermanas elaboran mermeladas y repostería artesana. Y quienes conocen su belén napolitano encontrarán allí otro vínculo con esta historia: Pilar Tobar, familiar de la beata María Sagrario, ha incluido una reproducción de la botica en la que trabajó Elvira.
Cuando visitemos Santa Ana y San José, llevaremos ya algunas historias con nosotros: la fundación que Santa Teresa quiso abrir, las religiosas que les hicieron sitio, Elvira y su farmacia. Y podremos preguntar a las hermanas por la casa en la que viven hoy. Después de seguir tantos cambios de dirección, apetece conocer a quienes nos reciben en esta.